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26 de octubre de 2011

La moda de hacer el propio vino.

Al postulado que indica que «el saber es poder» puede aplicársele una pequeña enmienda cuando se habla de vinos y afirmar entonces que «el saber es placer».

Así lo entienden cada vez más personas que deciden ingresar al mundo del disfrute sensorial que ofrece la bebida espirituosa más antigua de la historia. El ansia por conocer ha crecido durante la última década y promete seguir en ascenso, de la mano de nuevos proyectos que acortan caminos para que el consumidor pueda cruzar la línea que separa al mero aficionado del productor y del experto.

Este nuevo público instruido se nutre en buena medida de los más jóvenes, muchos sub-35 de ambos sexos que surgen de las carreras de la enología y sommellerie, pero también de aquellos, de todas las edades, que se unen al boom de cursos breves, catas, charlas, salones y no pierden pisada a la literatura de divulgación, crítica o manuales.

En este nuevo mundo de expertos en potencia surgió un emprendimiento como Finca Propia, el cual, básicamente, ofrece superar el rol de consumidor para introducirse en la tarea de productor.

A través de la compra de una cuota parte en un fideicomiso se accede a la propiedad de 24 plantas de vid y a todo el universo que parte de esos cultivos localizados en Tupungato, Mendoza. «Lo que se obtiene es un vino propio, porque las uvas salen de tu finca, se vinifican y, entre todos, se administran.

En principio, el resultado se expresa en un caja de vino por mes durante los primeros tres años», explica Santiago Mas, director de Finca Propia e hijo de Antonio Más, winemaker y responsable de Río de Luna, que este año ya vio la luz en varietales Malbec y Cabernet Sauvignon.

«Finca Propia existe porque hay personas que quieren más que un curso o una cata, desean seguir de cerca el ciclo biológico y de producción; quieren saber cuándo se poda o por qué se lo hace después de la tercera helada; cuando fertilizar; cuando cultivar aromáticas; entender qué hay detrás del corcho que se elige...

Ocurre que hay mucha y buena información, pero aún no son tantos lo que la pueden interpretar y hay un gran público que necesita empezar a conocer desde un lugar más básico, que incluya la experiencia», resume Santiago Mas.

«La gente se cansa de consumir siempre lo mismo, es el caso de los que cuentan con recursos y quieren gastar su dinero en otro tipo de sensaciones.

En otros casos el interés es por invertir en actividades en boga, pero como justamente están en la cresta de la ola resulta costoso poder ingresar», explica Gabriela Celeste, enóloga y socia argentina del reconocido winemaker francés Michel Rolland.

Ambos están detrás del emprendimiento Tupungato Winelands, el cual pone a disposición la venta de pequeñas fincas de 2 a 4 hectáreas, plantadas con viñedos y con espacio suficiente para construir en medio del predio una casa o bodega. La iniciativa permite «participar del proceso productivo, pero también disfrutar de canchas de golf y de polo, y estar rodeado de naturaleza», resume Celeste.

Fama por un día.


El ansia de mayor conocimiento y protagonismo abrió espacio también a una idea como «Winemaker por un Día», surgida de Eno.Rolland, la empresa que el enólogo francés maneja en Argentina.

Los participantes acceden a armar un corte de vino a su gusto, utilizando como elementos vinos varietales que han sido elaborados y criados en barricas o tanques.

Cada participante dispone de Malbec, Merlot, Cabernet Sauvignon, Syrah, Cabernet Franc, Petit Verdot y de los elementos que se utilizan usualmente para medir volúmenes, tales como probetas, pipetas, etc. «Con todo este material cada uno puede ensayar diferentes mezclas y optar por aquella que más le apetece. Así pueden embotellarse cantidades pequeñas de vinos exclusivos, por ejemplo 300 botellas que es el volumen equivalente a una barrica», explica Celeste.
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24 de octubre de 2011

Por la Puna, entre salares, ruinas y bellezas naturales.

Ascender a la Puna salteña es una de las experiencias más impresionantes del norte argentino, razón por la cual el Circuito Andino que nace en la ciudad de Salta y trepa por la Ruta Nacional Nº 51, a través de quebradas serpenteantes, ruinas arqueológicas y paisa-jes de gran belleza, es uno de los preferidos por el turismo de la provincia.

Salares, tierra y cielo se combinan en esta región remota haciendo de su apariencia un atractivo irrechazable. Las tradiciones culturales de los lugareños sazonan con su experiencia de vida esta agradable opción turística.

En la inmensidad de este altiplano, ubicado a más de 4.000 m.s.n.m, se encuentran picos con nieves eternas, negros volcanes, extensos mares de sal, lagunas repletas de flamencos y vicuñas que se mimetizan en el paisaje desértico.

Localidades como San Antonio de los Cobres y Tolar Grande aún conservan costumbres ancestrales.

Y es al famoso viaducto «La Polvorilla», a pocos kilómetros de San Antonio de los Cobres, donde llega con su recorrido el Tren a las Nubes, icono turístico no sólo de la provincia sino también del país (ver recuadro).

San Antonio de los Cobres.


Importante poblado del Circuito Andino, el pequeño San Antonio de los Cobres persiste en el extremo noroeste de la provincia de Salta, posicionándose como el centro urbano más elevado de todo el país.

Se trata de un típico pueblo de la Puna salteña, el cual debe su reconocimiento a la condición de parada del mencionado Tren a las Nubes, que viniendo desde la capital provincial llega hasta el Viaducto La Polvorilla.

Para el hombre, la Puna es un ambiente hostil: la altura es sinónimo de baja presión atmosférica y por tanto de menor cantidad de oxígeno en el aire. No obstante, la atracción de los Cobres compensa de sobra el apunamiento o soroche, como se le llama en la zona. El pueblo se ofrece con todo su esplendor de leyenda y riqueza mineral, en tanto la fisonomía indígena atrapa con su arquitectura sencilla y el paisaje circundante asombra al visitante.

Frío y ventoso, asentado en el centro de un valle agreste, en la parte más baja de la espectacular Quebrada del Toro, y junto al río que repite su nombre, San Antonio de los Cobres permite contemplar el magnífico Nevado de Acay, así como acceder al destacable yacimiento arqueológico de Tastil.

El novedoso Museo Étnico Arqueológico y las fuentes termales de Pompeya e Incachuli se suman a la lista de atractivos de este poblado salteño sin agotar sus bellezas y posibilidades.


Tolar Grande.

Inmerso en el deslumbrante desierto puneño, Tolar Grande permite descubrir una incomparable vista panorámica del Volcán Llullaillaco, además de un atrapante ojo de mar, salares y paisajes de fantasía.

En esta región de los Andes se puede ascender a numerosos volcanes y cumbres de más de 5000 m, venerados como dioses por los incas y convertidos por ellos en santuarios. Tolar Grande es reconocido como portal de ingreso al Salar de Arizaro. En sus alrededores, el atractivo lo constituyen los sitios de interés natural, geológico, cultural y arqueológico; en tanto que también conserva parte importante del pasado prehispánico.

La Poma.


Erigido a la vera de un camino poco conocido, tras haber alcanzado el Abra del Acay por la mística Ruta Nacional Nº 40, el poblado de La Poma cautiva las miradas con su notable belleza arquitectónica. Seductor y misterioso, aparece en la propuesta salteña como punto de partida hacia El Puente del Diablo y Los Graneros Incaicos. Este tramo del Circuito Andino es recomendable transitarlo en vehículos 4x4.


Campo Quijano.

Pueblo tradicional del Valle de Lerma, Campo Quijano es conocido como el portal de los Andes por ser la puerta de acceso a la Ruta Nacional Nº 51 que va hacia la Puna. Conserva en su territorio numerosos atractivos entre los que destacan el dique Las Lomitas; el paisaje que dibuja el río Arenales en El Encón; el monumento al Ing. Maury; la Quebrada del Toro; la parroquia Santiago Apóstol; el camping municipal y la espléndida Feria Artesanal que cada fin de semana se despliega en la plaza Martín Fierro ofreciendo trabajos en hierro, cardón, madera, lana, además de dulces regionales y comidas típicas.
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17 de octubre de 2011

Los murales de Pablo Siquier en Puerto Madero.

Entre los artistas argentinos surgidos en los años ochenta, la obra de Pablo Siquier se revela como una de las más originales y complejas, traduciendo, con rigor y objetividad, una experiencia profundamente personal, amorosa, de su ciudad natal, Buenos Aires.

Su trabajo opera como una negación del gesto expresivo y del efecto sin mediación del hedonismo frívolo en el ejercicio artístico, al contrario de lo que ocurre con la mayoría de sus compañeros de generación, no sólo en Argentina sino en casi todo Occidente.

Estos últimos habían propuesto el retorno a la pintura como una revisitación de su tradición histórica bajo la forma de expresiones “neo”, así como el rescate del placer en el arte, en oposición a la racionalidad y crítica extrema que rigió la producción artística entre finales de los años sesenta y principios de los setenta.

Siquier se concentra en la exploración programática de estructuras formales y constructivas, de motivos decorativos y representaciones abstractas que parecen sacados de un manual de arquitectura y construcción, así como en la exploración del lenguaje de los signos y emblemas desarrollada por el diseño.

De este modo, contradiciendo lo que sugiere la percepción inmediata de sus trabajos como formas modulares y multiplicadas a partir del legado de la tradición argentina de Arte Concreto, la obra de Siquier tiene una proyección mayor sobre la creación de formas que expresan una pérdida de la integridad, la totalidad y la sistematización.

Sus pinturas se constituyen a partir de una visión personal, fundada en la observación y en la vivencia de la ciudad, aliada a una sensibilidad neo-barroca, para revelar la inestabilidad de los signos, la ambigüedad del sentido y la difusión semántica que hacen funcionar la cultura urbana y las prácticas artísticas.

Se trata por tanto de una obra que, con fuertes atributos formales, niega de forma paradójica el rigor del orden y de la razón que han regido parte del Modernismo histórico, para dar visibilidad a un mundo marcado por diferentes interacciones, con una diversidad de referentes, mutabilidad, polidimensionalidad y extrañamiento. Siquier cuestiona las certezas y predicados de la modernidad, para dar lugar a una estética donde coexisten plano y profundidad, caos y armonía, razón y fantasía.

Su obra describe una trayectoria de veinte años y que, hasta el momento actual, comprende cuatro etapas distintas:

A) Desde 1985 hasta 1989 Siquier utilizaba en sus pinturas colores vibrantes, que saturaban la superficie del lienzo con formas concéntricas o de origen orgánico, que parecen estar a punto de moverse y se multiplican o se desarrollan de un modo obsesivo, en una "mandala" hipnótica o en una superficie saturada por el dibujo y una decoración excesiva. Éstas evocan motivos prestados de la estampación en tejidos, de láminas de laboratorios o de las tiras cómicas, articulando una tensión entre el tema de la pintura en primer plano y el fondo trabajado del lienzo. Estos primeros trabajos enuncian algunas de las cuestiones y procedimientos más frecuentes que caracterizan el desarrollo de su proyecto artístico: la seducción por la materialidad de la representación pictórica y por el hacer artístico, la contraposición entre lo figurativo y lo abstracto, el gusto por el detalle, por el fragmento y por el artificio, los juegos entre figura y fondo, luz y sombra, orden y precisión formal.

B) Entre 1989 y 1993 el pintor utiliza una paleta más austera y artificial para plasmar superficies monocromáticas en matices de azul, gris, rosa o verde, y formas exclusivamente geométricas. Se inspira en motivos arquitectónicos, pero muestra todavía composiciones simétricas y centradas en el lienzo que evocan detalles ornamentales, columnas y frontones dentro de un procedimiento esquemático que se convierte en una marca propia de su estilo. En lugar de construir las formas con líneas y planos, Siquier trabaja con los efectos de luz y sombra para hacer que éstas parezcan bajorrelieves donde no se percibe la presencia de la mano del artista, como si fuesen el producto de alguna técnica de impresión sobre el lienzo. Las formas parecen fluctuar entre lo abstracto y el referente de donde fueron tomadas (del "Art Deco" y del Modernismo de la arquitectura argentina, p. ej.), proyectándose más allá del plano pictórico. No existe ahí ninguna referencia a la materialidad del ornamento, sino apenas un simulacro de éste, distorsionado, y su visión frontal, emblemática y congelada en el vacío de la tela remite a la naturaleza artificial de la pintura y de la representación.

C) A partir de 1993, Siquier abandona drásticamente el color para dar inicio a una serie de pinturas en blanco y negro, e igualmente elimina las referencias a los ornamentos arquitectónicos en favor de composiciones más complejas y articuladas. Éstas parecen constituir grandes topografías urbanas, mapas bajos de paisajes, circuitos desconocidos, tal vez inútiles, que la mirada del observador debe recorrer como un laberinto que se encierra en sí mismo. Las pinturas son ahora abstracciones puras y precisas, independientes de cualquier referente o forma sólida. El juego entre luz y sombra es exacerbado, convirtiendo la pintura en un soporte gráfico donde la organización del espacio desarma toda lógica y racionalidad. Su trabajo de este modo se aleja definitivamente de las tradiciones fundadas en la Modernidad, para proponer un lugar más crítico, siempre en movimiento, con una concepción marcadamente barroca, es decir, perteneciente a un universo que se configura como algo cerrado, ambiguo, excesivo, paródico.

D) Finalmente en los trabajos más recientes Siquier abandona el plano de los lienzos para trabajar directamente sobre las paredes de las galerías y museos con dibujos e instalaciones, que juegan con la ilusión y la percepción real del espacio. Se trata de trabajos que llevan la tensión de la representación volumétrica a través de la luz y la sombra a su punto límite en salas monocromáticas o en murales exhaustivamente elaborados. Los dibujos, generados por ordenador, como arquitecturas visionarias, son posteriormente transferidos a gigantescas superficies impresas, paredes dibujadas a carboncillo o cubiertas de poliestireno y parecen borrar las fronteras que existían entre la pintura y el mundo real. Las instalaciones de poliestireno en blanco, plata o cobre, revisten íntegramente el espacio, como un ancho marco para el vacío de la sala y la soledad del espectador: el tema de la pintura desaparece para dar lugar a una situación, circunstancia o estado propicios para pensar acerca del sujeto y su entorno. Los murales a carboncillo hablan de lo efímero del gesto del artista, del sentido transitorio de su trabajo y empeño: el carboncillo que delinea las formas y tiende a desaparecer con el tiempo, como en un proceso de extinción, olvido o letargo.

Por otro lado las pinturas a partir de finales de los años noventa muestran la reducción a astillas de las formas y de los circuitos presentes en las etapas anteriores, dando lugar a una especie de cartografías sobrepuestas y asimétricas, un amontonamiento de fragmentos que se enuncian sin conclusión, grafismos geométricos y decorativos discontinuos. El conjunto de formas sugiere una narrativa sobre la contemporaneidad donde se acumulan tiempos y espacios diversos que describen una caligrafía secreta de la misma naturaleza que los jeroglíficos. Parecen dar visibilidad a la noción de heterotopía foucaultiana, un lugar fuera de cualquier lugar que paradójicamente está relacionado con todos los lugares “…de tal forma que disimula, neutraliza e invierte el conjunto de relaciones diseñadas, reflejadas y observadas entre sí...”, funcionando como “… disposiciones alternativas, una utopía real y efectiva, donde las disposiciones reales…se representan, se cuestionan y se vuelcan simultáneamente.”

La ciudad no existe sin sus habitantes, de la misma forma que los habitantes no existen apartados de su ciudad. Las circunstancias de la vida urbana constituyen las subjetividades individuales y sociales en tanto que la ciudad existe gracias a la experiencia vivida por sus habitantes. Es exactamente esa relación de sinergia entre estas dos partes, antes que cualquiera de ellas considerada individualmente, lo que parece generar la obra de Siquier, y que permite pensarla como una producción relacionada con la ciudad de Buenos Aires en el conjunto de sus producciones culturales. Se puede ver su práctica artística como el resultado de una subjetividad formada por la vida urbana, al tiempo que ésta se transforma en una parte esencial para elaborar un pensamiento sobre la ciudad: libro y laberinto son el mismo objeto. E incluso, se trata de proponer una aproximación al trabajo que examina la presencia de la ciudad en su producción, al mismo tiempo que tiene una visión de ésta como algo creado por esa misma producción.

La obra de Pablo Siquier no produce ni reproduce mapas y panoramas, ni tampoco propone evocaciones metafóricas sobre la ciudad. Es antes que nada una narrativa sobre la ciudad. Al igual que Borges, cuya vida e identidad están estrechamente ligadas a Buenos Aires, Siquier articula estrategias para dar visibilidad a una experiencia específica y personal a través de un discurso visual que envuelve desde formas reconocibles en la arquitectura local hasta puras abstracciones, y que se puede relacionar con el paisaje, la topografía, o las formas de representación de la ciudad. Sus trabajos no buscan la experiencia de la mímesis, buscan la experiencia de la escritura, no para representar lo real, sino para proponer un uso del lenguaje como medio de comunicación y diálogo en el espacio urbano. Utiliza la pintura, su práctica artística, como una función en el juego de instaurar diferencias que generan los procesos de significación y suplemento, sin pretender un significado conclusivo, sino como parte del ejercicio del sujeto con relación a los signos puestos en movimiento, a la deriva, en el espacio de la ciudad.

Así, la obra de Siquier parece ser apropiada para comentar una construcción fundamentalmente diferente de la relación entre la ciudad y su producción cultural. En este caso se aproxima a las ideas de Homi Bhabha, cuando éste propone la noción de “writing the nation” (escribiendo la nación), lo que en el caso de Siquier sería algo así como “writing the city” (escribiendo la ciudad): “El pueblo no se reduce a los conjuntos históricos ni a las partes de un cuerpo político patriótico. Este pueblo conforma además una estrategia retórica compleja de referencias sociales donde reclama una representación, y esto provoca una crisis dentro del proceso del significado y del discurso. Surge así un territorio de lucha cultural donde el pueblo se caracteriza por la doble temporalidad: El pueblo es el “objeto” histórico de una pedagogía nacionalista, ya que el discurso está dotado de una autoridad que se basa en un acontecimiento u origen histórico preestablecido o predeterminado. Los individuos son a su vez los “sujetos” de un proceso de significación que debe borrar cualquier presencia anterior u originaria del pueblo-nación, y demostrar así un principio prodigioso, vivo, donde el pueblo es parte de un proceso continuo, y la vida de la nación adquiere significado y redención como un proceso de repetición y reproducción. Los retales, los parches, los harapos de la vida cotidiana deben transformarse continuamente en signos de la cultura nacional, mientras que el acto narrativo en sí cuestiona un círculo creciente de temas nacionales. En la producción de la nación se abre una brecha entre lo pedagógico, basado en ideas continuas y acumulativas, y lo efectivo, que emplea estrategias y recursos repetitivos. A través de este proceso de bifurcación la ambivalencia conceptual de la sociedad moderna se convierte en el emplazamiento de escribiendo la nación.”

De este modo, el trabajo de Siquier se puede analizar como un retrato que busca la armonía en la identidad individual de un sujeto que habita, experimenta, resiste y crea un espacio humano llamado Buenos Aires. La producción artística o cultural no es sólo el reflejo de una escritura de la nación o ciudad, sino la construcción de un sentido, cuya elocuencia y eficacia existe como construcción cultural forjada a partir de la vida ciudadana. Lo importante es percibir como Siquier sigue elaborando las posibilidades de experiencia de la ciudad, no como la celebración o la memoria de su espacio físico y de sus edificaciones, sino como parte de las diversas prácticas políticas y culturales que se desenvuelven y se inscriben en un perímetro determinado, forjando así un repertorio de imágenes que contribuye a recrear, en cada nueva mirada, la propia ciudad.
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10 de octubre de 2011

Avanza el proyecto que busca limitar la venta de tierras a titulares extranjeros.

Legisladores oficialistas y opositores avanzaron en la discusión del proyecto que busca limitar la venta de tierras a titulares extranjeros. Se introdujeron cambios a la iniciativa oficial para sumar apoyos. En una semana se analizará en Asuntos Constitucionales.

La Comisión de Legislación General de la Cámara de Diputados, a cargo de Vilma Ibarra (Nuevo Encuentro), avanzó en la discusión del proyecto que busca limitar la venta de tierras a titulares extranjeros. El debate se logró a pesar de los faltazos de las comisiones de Agricultura, liderada por el radical Juan Casañas, y Asuntos Constitucionales, a cargo de la peronista federal Graciela Camaño.

Más allá de la puja política entre el oficialismo y la oposición, la iniciativa presenta cierto consenso entre los bloques. Ayer quedaron esbozados algunos cambios a la propuesta del Ejecutivo. Por ejemplo, se incluirá una protección más taxativa a los recursos naturales como bosques, lagos, ríos y patrimonios culturales. También limitarán las compras de los Estados extranjeros que actúen como personas jurídicas y se esbozará un artículo para evitar restricciones a aquellos extranjeros que tengan una permanencia en el país superior a los diez años.

La semana que viene, Ibarra convocará nuevamente a un plenario con la intención de emitir un dictamen. Camaño ya dijo que sí, sólo falta el aval de Casañas. Si no se logra un acuerdo, los legisladores emplazarán en el recinto a las comisiones ausentes.

En el Congreso hay 15 proyectos que buscan regular la tenencia de la tierra en manos extranjeras. En 2010, la Comisión de Legislación General encabezó dos encuentros para abordar el tema, junto a las comisiones de Agricultura y Asuntos Constitucionales. Pero como este año la iniciativa se volvió estratégica para el Poder Ejecutivo, algunos diputados de la oposición retiraron su “voluntad”. Las comisiones de Agricultura y Asuntos Constitucionales faltaron a los últimos dos plenarios.

La organización que más ha bregado por esta iniciativa es la Federación Agraria, que tiene un proyecto redactado desde 2002. Durante la presidencia de Ricardo Buryaile al frente de Agricultura, los federados no tenían demasiadas expectativas en avanzar sobre esta cuestión. Pero cuando asumió el radical Casañas, obtuvieron su compromiso de que apoyaría la iniciativa. El radical, candidato a la vicegobernación de Tucumán en las elecciones del domingo pasado, se afilió a la FAA en 2008, en pleno conflicto agropecuario. Su presencia en los cortes de ruta le valió el apoyo de los dirigentes gremiales.


“Su labor nos defraudó un poco. Pensábamos que iba a seguir la línea de FAA pero no fue así. Espero que Juan convoque a su comisión y dé su apoyo a este proyecto, que será en beneficio de todo el país”, sostuvo a Página/12 Miguel Pérez, presidente de la filial de Tucumán de FAA.

“Tengo la sensación de que el oficialismo quiere tratar su proyecto sin dar amplio debate”, manifestó Juan Tunessi, legislador de la UCR. Sin embargo, antes de su exposición, parte de la oposición ya había planteado algunos cambios, que fueron bien recibidas por el FpV. De hecho, el abogado Eduardo Barcesat, asesor externo del Ministerio de Agricultura, ya se encuentra reescribiendo varios de los artículos del proyecto.

La primera en pedir algunas modificaciones fue Verónica Benas (SI), quien insistió en la necesidad de especificar algunas restricciones en las llamadas zonas de seguridad de frontera y la protección de los recursos naturales que se encuentren dentro de un campo. “Se especificará que cualquier transacción realizada por extranjeros debe ajustarse a la ley de seguridad de frontera”, explicó a este diario Barcesat. También se incluirá la protección de los recursos naturales.

El proyecto del Ejecutivo establece que sólo podrá estar en manos extranjeras el 20 por ciento del total de tierras rurales. El oficialismo aceptó especificar que ese tope del 20 por ciento correrá también para las provincias, municipios y departamentos. Otra de las limitaciones establece que un mismo comprador no podrá adquirir más de 1000 hectáreas.

Varios legisladores, como Pablo Orsolini (UCR), indicaron que sería mejor hablar de unidades económicas –que es una medida definida por cada provincia–, en vez de hectáreas. Según indicó Barcesat, se especificaría un límite máximo de 1000 hectáreas en la Pampa Húmeda y su equivalente en las distintas zonas del país, conversión que deberá hacerse por la autoridad de aplicación, siguiendo determinados criterios.

Uno de los aspectos más complejos de la iniciativa tiene que ver con la creación del registro de tierras rurales. La norma prevé su finalización en un plazo de 180 días desde su sanción. Sin embargo, la información no es homogénea y los registros no están actualizados. “Antes debemos tener un registro actual sobre quiénes son los dueños de la tierra. Hoy no sabemos qué cantidad de territorio está en manos de extranjeros, por eso no podemos fijar el límite”, afirmó Lisandro Viale (PS).

Más allá de estas posibles modificaciones, el proyecto conservará su espíritu central, que es considerar a la tierra un recurso natural no renovable. Además, la compra-venta de este recurso dejará de ser considerada una inversión. De esta manera, las operatorias quedarán por fuera de los Tratados Bilaterales de Inversión y una posible injerencia del Ciadi. Para la semana que viene, Camaño se comprometió a asistir al plenario, que sería el jueves. Todavía falta la confirmación de Casañas.
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3 de octubre de 2011

Aulas multiculturales: Cada vez hay más hijos de inmigrantes en las escuelas.

Son extranjeros o primera generación de argentinos. Es por la fuerte inmigración que hubo en la última década. La mayoría son paraguayos y bolivianos, y concurren a escuelas públicas.

María Yucra Mitma sabe de caporales y de diabladas, danzas bolivianas en honor a la Virgen de Copacabana. Franco Ocampo Zelaya, paraguayo, le dice a María que él se crío escuchando la polca del Pájaro Campana.

A María y Franco sólo los separa un banco: una frontera que se vuelve invisible cuando hablan de comidas típicas, como chipa, mandioca y sopa paraguaya. Hacen de sí otra frontera cuando les dicen a sus compañeros argentinos que sacudirse en una murga es casi una traición: allí no hay santo a quien dedicarle el movimiento.

Así conviven, en la misma aula, alumnos extranjeros, estudiantes locales e hijos de inmigrantes que se instalaron en Argentina en la última década. Son aulas nuevas que se plantean como un desafío para muchos docentes .

Según el Censo 2010, hay un 20% más de extranjeros que hace 10 años, y la inmigración subió por primera vez desde 1914. Paraguayos y bolivianos son las primeras minorías en los colegios, pero el espectro se amplía con otras nacionalidades. Según el Ministerio de Educación porteño, la matrícula extranjera subió el 10% desde 2001. La mayoría asiste a instituciones públicas.

La nueva Ley de Inmigración, reglamentada el año pasado, garantiza el acceso a la Salud, la Vivienda y la Educación aunque el inmigrante no tenga documentos. Así, la Argentina pasó a ser un buen destino, sobre todo para habitantes de países limítrofes. En parte, esto explica el fenómeno de intercambio cultural entre los chicos, transformación que enriquece pero que también da pie –todavía– a la discriminación.

Clarín visitó las escuelas públicas N° 6, de Retiro, y la “Esteban Echeverría”, de Belgrano. En ambas hay anécdotas que ilustran este cambio.

Historias como la de Fernanda Torres hacen ‘temblar’ bancos y pizarrones. A dos semanas de instalarse con su familia en Buenos Aires, esta chilena de 7 años iba a participar del festejo de un cumpleaños, por primera vez, en un aula argentina. Como todos, rodeó la torta y cantó el feliz cumpleaños.


Pero, justo después de soplar la velita empujó a la homenajeada y le hundió la cara en la torta. El desconcierto fue total. “Pero si en Chile festejamos así, le decimos ‘primer mordisco’”, explicó la mamá de Fernanda ante la directora, cuando fue citada.

“Si no hay una política educativa de comprensión del otro, no es posible que haya un enriquecimiento cultural”, apunta Alejandro Grimson, antropólogo especializado en problemáticas migratorias, que prefiere hablar de “interculturalidad”. Y agrega: “Convivir significa entender otra cultura, otra tradición. Esa debe ser la apuesta en el ámbito educativo. Así, esta alumna podría proponerle a su compañerita festejar su cumpleaños ‘a la chilena’”.

Otra cara del fenómeno es la discriminación . Paola Velazliqui, de Caaguazú, y Dalma Ibarra, de Asunción, tienen 12 años y llegaron de Paraguay porque sus papás consiguieron trabajo acá. Se mueven juntas porque creen que así es más fácil hacer frente a las burlas. “Paraguaya roba leche” o “volvé a tu país”, cuenta Dalma que les dicen.

“Había dos filas de bancos. Una de rubios y otra de morochos”, repasa el filósofo Gustavo Schujman, también coordinador del Área de Formación Ética y Ciudadana para docentes del gobierno porteño. Visitó esa escuela y quedó sorprendido, sobre todo porque la distribución de los bancos surgió espontáneamente de los alumnos.

Según Schujman, la multiculturalidad en las aulas y la discriminación que se genera representa un dificultad para algunos docentes. “La sugerencia es que el maestro invite a los chicos a pensar sin entrar de lleno en el problema, sino rodeándolo. Los cuentos o películas son buenas herramientas para destrabar los conflictos”, apunta.

Cuando a Sol Méndez Da Silva, brasileña de 6 años, le preguntan de donde viene, ella cuenta: “De un lugar de mucho calor, donde había flores amarillas y cocos y playa”. Fernanda, su hermana de ocho años, precisa: “De San Salvador de Bahía”. Habla perfecto el español y reserva el portugués para hablar con su hermanita. Mariana Beheran, socióloga y becaria de Conicet, advierte: “Los inmigrantes tienden a borrar pertenencias de origen para incorporar las de la sociedad receptora. Se conectan con sus costumbres a través del “Día del Inmigrante” o la Feria del Plato .


Pero eso no es reconocer al otro , sino marcar quien es el diferente, definirlo como ‘exótico’ ¿Esas actividades son del todo integradoras?”.

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